Desde que Laura aprendió el significado de la palabra escalar, siempre que vamos al monte se enfada con nosotros porque eso de subir sólo con los pies no mola nada y nos da la murga: ¡Yo lo que quiero es escalar!. El último paseo que dimos al Mugarra fue con la promesa de que al final había que trepar un poco, después de hacer cima, bajó con un cabreo... ¡Esto ni es escalar ni es nada! Pero le prometimos que algún día lo haríamos. Y ese día llegó.
El día anterior, Leire había estado un poco pachucha, con dolor de garganta, apenas hablaba, sólo se le oía decir por lo bajini: "No, no me puedo poner mala, por favor, no me puedo poner mala".
Yo preocupada, hija, estás bien ¿verdad?, que ya veía yo que nos quedábamos sin excursión. Pero la mente humana es poderosa (las defensas de Leire también) y el sábado nos levantamos todos con una sonrisa para acudir a la cita.
Por el camino me entero de que vamos a ir al Pantano de S. Juan, donde yo disfruté durante 4 años de mi infancia. Se me saltan las lágrimas, la nostalgia acude a mi corazón,... pero me dura poco, que con 3 niños en el asiento de atrás os aseguro que no hay mucho tiempo para pensar en tí.
Y asín, entre papá no corras y ¡ay que me mareo! nos encontramos con la plaza de toros de San Martín y con Isa y Alfredo. Y hala, tos pa'lmonte.
Llegamos. Miramos y el Alfredo: que ponte este arnés, que Isa asegúrame, que pásame esos pies,... ¿quién sube 1º?
No hubo problemas por decidir quién iba, Laura tenía ya colocado los pies de gato, el arnés, el casco y las ganas casi antes de llegar. Y allá que se lanzó. Éxito hasta la 1ª parte, luego Nico, que tampoco lo hizo mal. (A ver, tened en cuenta que soy su madre, seguro que Alfredo piensa de otra manera)

Y Leire,... subió, miró y se quedó un rato agobiada porque no sabía cómo bajar. Al final rompió a llorar.
Uno de los chicos que estaban al lado, le comentaba al otro: "Yo entiendo a la cría, no lloré la 1ª vez que tuve que bajar porque me daba vergüenza,... ¡ay pobre!"
Pero luego bajó, la consolamos y cuando estuvo más tranquila lo 1º que dijo fue: "Luego subo otra vez". En fin, la adrenalina es lo que tiene.
Después Isa, que a mitad de camino gritó eso de Alfredoooo, yo mejor me voy bajando eh?, y Alfredo que no, que subas un poco más, venga que tú puedes, Isa, que no, que no, que yo ya me bajo. Y se bajó.
Más tarde Agus culminó con éxito, yo veía que el turno se me acercaba y no sabía dónde meterme, menos mal que se nos había olvidado nosequé en el coche y me ofrecí generosa a hacer el recado. Pero eso era sólo alargar la agonía. Ayhhhh!!! lo peor era el miedo al ridículo, una que es más tonta,... Hay cosas que no se pueden evitar y esto ya era como el los encierros, ya que viene la vaquilla habrá que correr, que no hay más remedio. Pues eso, que con los pies de gato puestos y los ojos de mis hijos en mi cogote no pude hacer otra cosa que subir el pie p'arriba y luego la mano, y luego el otro pie,... y así llegué hasta donde Isa y yo me uní al grito de guerra: Alfredo que yo mejor me voy bajando ¿eh?
Pero chicos, ahí no se quedó la cosa, que estuvimos toda la mañana pegándonos por ponernos el arnés y quitándonos el sitio unos a otros (sobre todo Laurita, que si la hubieramos dejado todavía andaría colgada)
En fin, el caso es que la siguiente vez que subimos no nos conformamos con quedarnos a la mitad y subimos todos (a excepción de Leire) así de felices.
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...fue un día espectacular, ahora cada vez que vea una roca la miraré con otros ojos, pensaré en la posibilidad de subirla por ahí, o no, mejor por ese otro lado.
Comida a las 4 de la tarde, que para una vez que vamos a escalar no lo íbamos a dejar a las 2. Al final del día, ya en casa, escribí a Alfredo para darle las gracias de parte de los niños y para preguntarle (también de su parte) si lo podíamos repetir. Me contestó que sí y teníais que haber visto la cara de Laura: se le iluminó la cara con una sonrisa de oreja a oreja con los ojos como platos y sólo pudo articular una palabra:
¿MAÑANA?


















